Tomé el picaporte rectangular de bronce, cerré con fuerza la puerta maciza de madera, metí la llave en la cerradura y al girarla los recuerdos invadieron mi mente.
De pronto me acordé de las largas fiestas que se hacían en el jardín de casa cuando eramos chicos, venía el Flaco, su hijo Carlitos, Zunino un vecino de la vuelta de casa con toda la parentela, Magda y René. Ellos eran los fijos, siempre había mas invitados y llegábamos a juntarnos como 25 personas.
Para mis viejos, Carlitos era como un hijo mas, lo conocieron a los 8 años y el cariño fue creciendo con los años hasta que se convirtió en parte de la familia.
Para la época de las festicholas tenía unos 18 años, estatura media, flaco, rubio de ojos claros, canchero, buena gente y divertido. En esa época estalló la guerra de Malvinas y el estaba haciendo la colimba y lo habían alistado para ir a la guerra.
Tengo la imagen grabada de mi papá que seguía muy de cerca los acontecimientos y tenía ese sentimiento triunfalistas que promocionaban los medios de comunicación, pero se le llenaron los ojos de lágrimas cuando el Flaco vino con la noticia. Mi vieja estaba asustada, yo que escribía cartas a los soldados y mandaba chocolates no podía entender que él podría llegar a estar ahí, estábamos todos nerviosos. Mi viejo decidió entonces que vayamos juntos a la Basílica de Luján a pedirle a la Virgen que no lo enviara a la guerra. Nos subimos los 5 al Fitito blanco del Flaco y emprendimos la marcha. Al llegar nos ubicamos en los bancos, escuchamos la misa y oramos por Carlitos.
A la semana nos enteramos que lo dejaron en el cuartel de reserva y no fue al frente de batalla, parece que las súplicas fueron escuchadas y mi viejo agradeció fuertemente el milagro, lo recuerdo muy bien, aunque ahora yo no crea tanto en milagros.
Siempre andaba con dos amigos que tenían una banda de rock, Carlitos era
el guitarrista, "Ojos" el baterista y Tito el bajista. Cuando venían
a casa se contaban muchas anécdotas de este trio, pero la que más me acuerdo es
cuando "Ojos" apodado así por lo super miope, se le cayó un cristal
del anteojo cuando iba manejando y se le iba deformando toda la ruta. Con el
ojo que veía bien, la ruta estaba normal, con el otro veía todo lejos y borroso,
no pudiendo hacer foco en ningún lado. Intentó estacionar de inmediato, pero
por más que se esforzó no pudo, desesperado les gritó a los amigos que no veía
nada, que necesitaba ayuda. La primera reacción fue asustarse y después
mientras uno miraba que no viniera nadie, el otro le indicaba minuciosamente
como arrimar el auto a la banquina ¡no pasó nada de pura suerte!.
Ya a los 20 empezaban a desfilar las novias, hasta que un día llegó Liliana, bella, flaca, alta con sus rulos muy bien armados, celosa como ella sola. Pasó un tiempo y se casaron, ahí vinieron Ludmila rubia de rulitos chiquititos y ojos claros, igualita al padre y Ariadna una bella morocha que era un calco de su mamá, se había agrandado la familia.
Se repetían una tras otras las Navidades y los fines de año en Moreno con los Schneider nuestra familia adoptiva. Se comía asado y se tomaba vino de toda índole que servía para matizar la espera de las sirenas de los bomberos que marcaban las 12 para brindar y cumplir con el rito de abrir los regalos. Después salíamos a la calle a ver los fuegos artificiales y a saludar a los vecinos que pasaban. Una vez adentro de nuevo, bailábamos, charlábamos y se seguía comiendo y tomando hasta la madrugada.
Al otro día, quedaban los restos de la fiesta desparramados por el jardín y el sembradío verde de botellas de vidrio.
Así pasaron los años, casi 50, muchos ya no están y las fiestas ya no son las misma, pero queda intacto el cariño de los buenos momentos compartidos juntos.
Termino de girar la llave dos veces, me aseguro que la puerta quede bien cerrada y los recuerdos queden guardados por siempre.
En homenaje a Alejandro Carlos Schneider alias Carlitos.
Ya a los 20 empezaban a desfilar las novias, hasta que un día llegó Liliana, bella, flaca, alta con sus rulos muy bien armados, celosa como ella sola. Pasó un tiempo y se casaron, ahí vinieron Ludmila rubia de rulitos chiquititos y ojos claros, igualita al padre y Ariadna una bella morocha que era un calco de su mamá, se había agrandado la familia.
Se repetían una tras otras las Navidades y los fines de año en Moreno con los Schneider nuestra familia adoptiva. Se comía asado y se tomaba vino de toda índole que servía para matizar la espera de las sirenas de los bomberos que marcaban las 12 para brindar y cumplir con el rito de abrir los regalos. Después salíamos a la calle a ver los fuegos artificiales y a saludar a los vecinos que pasaban. Una vez adentro de nuevo, bailábamos, charlábamos y se seguía comiendo y tomando hasta la madrugada.
Al otro día, quedaban los restos de la fiesta desparramados por el jardín y el sembradío verde de botellas de vidrio.
Así pasaron los años, casi 50, muchos ya no están y las fiestas ya no son las misma, pero queda intacto el cariño de los buenos momentos compartidos juntos.
Termino de girar la llave dos veces, me aseguro que la puerta quede bien cerrada y los recuerdos queden guardados por siempre.
En homenaje a Alejandro Carlos Schneider alias Carlitos.
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