Había pilas de escombros,
perfiles metálicos retorcidos, vidrios rotos en pequeños pedazos y una densa
cortina de humo rodeaba la manzana. Millares de zapatos, pedazos de telas,
carteras, maletines y papeles desperdigados y mezclados entre los ruinas del
edificio.
En las cercanías no se podía
respirar bien, el polvillo y el olor a
sangre hacía la atmósfera insoportable. Las sirenas ensordecedoras de las
ambulancias, bomberos y policías ululaban por doquier, se escuchaban llamadas
telefónicas, profundos quejidos y llantos desesperados.
Hombres y mujeres vestidos con
raídos trajes negros sentados en el cordón de la vereda, despeinados y sucios,
envueltos en finas partículas gris y roja, los ojos vidriosos y con la mirada
fija en el infinito, sus caras no podían entender que estaba pasando allí.
Otros tirados, como desmayados o muertos.
Los policías corrían a los
chusmas y encintaban la zona de desastre, mientras que los bomberos, defensa
civil y ayudantes de turno removían los escombros tratando de encontrar
sobrevivientes.
Un perro callejero corriendo
con una mano en el hocico, otros se peleaban para por el botín a
llevar, se veían brazos, piernas y pedazos de torsos por todos lados.
En eso un pastor alemán
señalaba un lugar con fuertes ladridos y cavaba un pozo con sus patas
delanteras que las movía rápidamente. Al escucharlo, los bomberos tomaron las herramientas
y junto con los rescatistas fueron al lugar dónde marcaba el perro. Comenzaron
a remover escombros y tierra con mucho cuidado durante casi diez minutos,
cuando lograron hacer un agujero. El perro puso su ocio allí mientras olía y
ladraba, siguieron trabajando un poco más y en eso escucharon quejidos,
apuntalaron el agujero, un bombero se ató una soga a la cintura y bajó pudiendo
sacar con vida a una mujer.
Entre tanto, se veía a otros
socorristas llegar con los muertos embolsados en las camillas y los dejaban en
la calle hasta que las ambulancias los llevaran.
Detrás de las vallas se escuchaban
a los periodistas relatar el hecho: una gran explosión derribo un edificio
de 35 pisos en pleno centro de la ciudad. Ocurrió a las 10 AM, hay centenares
de heridos, desaparecidos y se estima que hay al menos 1000 muertos. Estas
cifras son no oficiales.
Un periodista se aleja de la
zona y encuentra a una persona que tenía un uniforme azul con el logo de la
empresa que trabajaba en ese edificio.
Le pregunto si se
desempeñaba allí y si le podía hacer una breve entrevista. El señor contestó
que trabajaba en el área de mantenimiento del edificio y que accedía a
contestar preguntas.
Periodista: ¿Cómo se llama señor?
Operario: Me llamo Edelmiro
Periodista: ¿Sabe que pasó en el
edificio? ¿Tiene idea de por qué explotó?
Operario: No sé, no sé, solo puedo
decir que estaban pasando cosas raras.
Periodista: ¿Qué cosas raras sucedían
señor? Explíquese
Operario: Resulta que en Marzo
nos mudamos a este edificio, muy moderno, todo vidriado hermético e
inteligente. Sabe usted, las cortinas se subían y bajaban solas según daba el
sol, las luces se prendían automáticamente en los baños ante la presencia de
alguien, los ambientes se refrigeraban o calefaccionaban ¡solos!, si el
ambiente estaba demasiado viciado, soltaba perfumes para armonizarlos. Vea era
¡increíble!
Solamente la parte de
mantenimiento todavía estaba en obra, se veían las columnas al aire libre y
todo sin revocar. Los obreros trabajaban todo el día cortando hierros, uniendo
armazones y colocando artefactos para poder terminar rápido y que nosotros
estuviésemos mejor.
Los empleados
estaban contentos, ¡al fin un lugar digno para trabajar!, lleno de luz y bien
espacioso. Tenía mobiliarios muy modernos y todos los útiles. Lo único malo era
el lugar dónde pusieron el baño, que estaba afuera de las oficinas y tenías que
llevar encima la tarjeta de ingreso sino no podías ir. Un apuro y necesitabas
la solidaridad del que se sentaba próximo a la puerta.
Con el tiempo, los
problemas comenzaron a notarse, las cortinas no se levantaban bien y dejaban entrar el
sol que no dejaban ver las computadoras, las puertas se trababan, la
ventilación no andaba y había malos olores.
Vea, por lo que
tenía entendido y ante los desperfectos del edificio, la presidencia comunicó
que se tenía que trasladar de nuevo a los empleados a un lugar muy lejos, para
poder solucionar los inconvenientes.
Lo que me pudo
contar Leo, un sobreviviente que me encontré viniendo para acá, es que a ellos
no les gustó la noticia y empezaron a quejarse. Como no obtuvieron respuestas
los empleados administrativos decidieron tomar el edificio en forma de
protesta. Los de seguridad, intentaron desalojarlos pero no pudieron. La turba
enfurecida los saco a patadas.
Pasaron los días
y el edificio comenzó a tener fallas graves, las cortinas no subían, las
luces no encendían, todas las comunicaciones estaban caídas, las puertas
de los pisos se bloquearon y no se podían abrir de ninguna manera. El
aire comenzó a oler nauseabundo. Los empleados se empezaron a marear, no podían moverse, de a poco todos
comenzaron a desvanecerse sobre los escritorios y los pisos.
Los que estaban en el baño,
veían la trágica escena pero no podían hacer nada, porque las puertas estaban
bloqueadas, solo intentar huir. Algunos pudieron abrir la puerta de escape y
empezaron correr por las escaleras, otros pudieron tomar el ascensor que
milagrosamente funcionaba.
Las puertas de escape se
iban bloqueando por piso acompasadamente, así lo que corrían
más rápido pudieron salir, los otros quedaron atrapados entre los
pasillos. Peor suerte corrieron los que estaban en el ascensor, al cortarse
la luz se quedaron a oscuras y encerrados herméticamente podían sentir cómo les
falta el aire.
A todo esto, en el sector de mantenimiento no sabíamos nada de lo que ocurría
arriba, al estar en obra tenía otra entrada precaria con una puerta
que había que cerrar manualmente.
Llegaron los obreros a
tomar su puesto de trabajo, vino el arquitecto y nos dijeron que nos teníamos
que retirar, que ellos tenían que comenzar con los trabajos en forma urgente y
que no podía haber nadie por motivos de seguridad y que teníamos el día
libre.
Tomamos nuestras cosas, nos
despedimos y nos fuimos. Bajamos por la calle Reconquista para tomar
el colectivo y a unas cuadras, se escuchó una explosión muy fuerte, como
una bomba y todo quedó así en ruinas.
Volvimos para ver qué pasaba
y no lo podíamos creer, ver a todo así, destruido.
No sé qué más contarle, es
todo lo que se. Estoy destrozado.
El hombre se inclinó
y estalló en llanto.
En un lugar muy distinguido del microcentro, lejos
de la explosión, en una oficina moderna con un gran escritorio cuadrado de
color negro, había platos de sushi y finas copas con champagne. El mismo estaba
situado en frente a una pared blanca que sostiene un plasma de gran dimensión y
lo rodeaba grandes sillones de cuero
ocupados por el directorio de la empresa siguiendo las noticias del accidente.
El director se
para, toma una copa de champagne y propone un brindis para festejar que el plan
salió perfecto. Cuando terminaran de remover los escombros, empezarían a
construir el shopping que querían y les daría más rentabilidad y menos
problemas que las malditas oficinas.