Estaba mi papá aburrido, y decidimos salir a dar un paseo por el barrio de su juventud.
Pero la crueldad del tiempo que todo lo destruye, descubrió ingratamente que los lugares, rincones y esquinas de su juventud ya no estaban más. Solo los vestigios de un barrio que lo vio crecer.
Pero ahí quedaban los recuerdos, el bar Dante, en dónde se juntaban religiosamente todos los amigos a tomar un vermouth antes de llegar a la casa y ahora hay solo una placa que lo recuerda.
La lechería de mitad de cuadra, le decían la Vela de Baño, obviamente que se podía encontrar cualquier cosa menos leche, o mejor dicho, el trago que menos salía era un vaso de leche.
Uno de los habitué mas famoso era el comisario Rodríguez, que vivía en el barrio pero trabajaba en Mataderos.
Cuando entraba, sacaba su sable y lo clavaba en la mesa, como diciendo “aquí estoy yo” para terminar confundiéndose con los borrachos y malandrines del lugar, tanto es así que cuando llegaba la razzia tenía que presentar la placa para que no se lo llevaran, y como pacto de honor que no estaba escrito, tampoco permitía que se llevara a nadie del lugar.
Era otra época, por supuesto, existían los códigos más allá de las envestiduras.
La época en que lo importante era compartir un vino, lo demás era secundario.
Otro personaje del barrio era el gordo Cesar, que recorría las calles con su bicicleta levantando quiniela y que el comisario del barrio Cursio estaba obsesionado con meterlo en cana porque siempre se le escapaba.
Una vez, el comisario lo vio anotando las jugadas y lo empezó a seguir, Cesar conocía muy bien el barrio y pudo escapar.
Se metió en la Lechería y le pidió al dueño que lo escondiera. El tipo harto de Cesar, le dijo que el único lugar seguro era la heladera, y ahí se metió.
El comisario que lo conocía muy bien, llego al lugar y lo empezó a requisar, cuando lo descubrió en la heladera, Cesar asomó la cabeza y le dijo “Basta para mi, basta para todosss”, claramente se había acabado el juego de las escondidas. El comisario lo sacó y cuando lo fue a esposar, se le escapó de nuevo y no lo volvió a agarrar más.
En eso miro a mi papá con los ojos llenos de lágrimas, emocionado por evocar a los que ya no están en el barrio, con la nostalgia de que el bar Dante ahora es una pinturería y la lechería un locutorio.
Pero por suerte, existe el recuerdo, ese, que a mi viejo lo hizo lagrimear y a mí me hizo conocer un barrio nuevo....va, el barrio de siempre.
Homenaje a Alberto Giuliani y sus relatos. O sea, a mi papá