En un día de primavera, un grupo de fotógrafos, queriéndonos hacer los profesionales, nos dispusimos a sacar fotos exóticas en una isla lejana.
Era una mañana espléndida, un sol abrazador y apenas una pequeña brisa, todo indicaba que íbamos a tener una jornada inolvidable.
A las 9 AM nos embarcamos para ir a la isla a pasar el día más esperado por todos.
Ya arriba en la embarcación, acomodados, cámara en mano, empezamos la marcha.
El tiempo pasaba entre bromas, mates y bocadillos en ronda de amigos.
Después de la charla amena, nos dispusimos a sacar fotos del viaje. Nos encantaba retratar a los integrantes del grupo en situaciones totalmente ridículas o sorpresivas.
Fue así como Pedro, quedó inmortalizado con la boca abierta, luego que Lucía le echara un poco de agua caliente en los pies. Mecha, que es una persona seria y con temple aristocrático la sacaron durmiendo con una mosca posada en su nariz y otra en su frente y a Dina la tomaron en su momento solemne de pensamiento profundo.
Mirando al alrededor observé detenidamente a una persona que estaba sentada cerca mío. Tenía un semblante extraño, una palidez inusual, ojos claros como hundidos en los huesos, una boca pequeña con labios finos y sus cabellos blancos todos despeinados.
Estaba ahí, silenciosa, expectante, observando a todo el pasaje. Nadie sabía quién era, su mirada furtiva hacía más rara su presencia. Al verla, un escalofrío fugaz corrió por mi cuerpo.
Alguien a lo lejos, le sacó una foto en forma discreta y se escondió.
De repente, la embarcación comenzó a realizar maniobras bruscas a causa de un oleaje repentino, hasta que detuvo su marcha en forma intempestiva y terminamos encallados en unos pastizales.
La gente comenzó a balbucear, a comentar por lo bajo, solo se escuchaba bulla de temor, nos mirábamos entre todos, pero la anciana ya no estaba.
El capitán se presentó, su rostro tenía un dejo de enojo y asombro. Con una voz gruesa se escuchó “Señores, lamentamos mucho el inconveniente, una corriente del norte se cruzó, nos tiró hacia la costa, y rompimos los motores, por consiguiente hay que esperar que una nueva nave venga a buscarnos, les ruego tengan paciencia, ya está en camino, muchas gracias”.
Después de dos horas de fastidio total vino la embarcación al rescate.
Era una embarcación vieja y desvencijada. Eso nos puso de peor humor, pensábamos que nos íbamos a encallar de nuevo, ya a esa altura desconfiábamos de poder llegar a destino, pero a pesar de nuestros vaticinios, llegamos al lugar.
En el muelle, nos esperaba una señora bastante particular, vestida como si estuviese en un safari africano. Poseía un gorro de visera, borceguíes, bermuda y camisa de color caqui. Completaba su atuendo un megáfono que llevaba en la mano y unas baterías colgadas del cinturón. Era la anfitriona del lugar y quien nos acompañaría en gran parte del paseo.
Cuando terminamos de desembarcar, nos dio la bienvenida muy amablemente y por detrás de ella, la figura de la anciana del barco como un halo envolvente.
A partir de ese momento, su carácter cambió, de la persona afable pasó a una persona extremadamente irascible.
De repente, todos dejamos de hablar, no podíamos. Ella sola hablaba, nosotros condenados a escucharla.
Terminada la visita guiada y ya sin la anfitriona, paulatinamente pudimos comenzar a hablar. Pero por temor solo emitíamos sonidos simples.
Recorrimos la isla sin mayores inconvenientes, disfrutábamos del sol, del río y las caminatas por la espesura del bosque.
Ya entrada la tarde con un atardecer maravilloso y calmo, dispuestos a embarcar para volver, repentinamente el muelle se llenó de extraños insectos. Una nube densa de bichos diminutos de color verde no nos dejaba ver, se nos metían en las orejas, en la nariz y si tratábamos de hablar se nos metían en la boca.
Después de sacudir la gorra para poder espantar un poco los insectos, levanté la mirada al horizonte y a lo lejos estaba ella de nuevo, suspendida en la nada, dándonos su despedida.
A fuerza de manotazos, pudimos subir a la lancha y así terminar el día con el recuerdo de las cosas extrañas que pasaron en la isla, eso sí, no cabe duda que ha sido una jornada inolvidable.