El extraño hechizo del bandoneón

Era una mañana fría como tantas de Agosto. Su manera rutinaria hacía que viajara en el subte A exactamente a la 8:30, como si ella misma, fuera un reloj destinado a marcar el tiempo en forma perpetua. Se dirige por los largos pasillos para hacer la combinación con la línea D, caminando con la cabeza gacha, con pasos firmes y esquivando gente como si fuera una carrera de fórmula 1, cuya recta final era llegar a horario al trabajo. 

De repente oye a lo lejos una extraña melodía. La despertó de su letargo matutino. Siguió su rumbo y encontró a un viejo sentado en el suelo tocando sin prisa pero sin pausa su añejo bandoneón.  

Con mirada lánguida, flaco, alto, canoso y de cabellera abundante, se encontraba allí como una estatua que lo único que podía hacer era tocar su instrumento. 

Lo miró de reojo, como quien mira con desconfianza, pero hipnotizada por la melodía, detuvo un segundo su marcha y depositó una moneda en el estuche del instrumento. 

A la mañana siguiente oyo la música, pero esta vez era horrible, miró de reojo pero había cambiado el personaje. En su lugar había otro viejo, bajito, gordo y con poco pelo que también tocaba el bandoneón, pero a diferencia del primero lo hacía muy mal. 

Ella pensaba ver la flaco, a este lo ignoró por completo y siguió su marcha firme como si no existiera, volviendo la vista del suelo como era su costumbre caminar en la mañana, no por parca sino por dormida. 

Así ocurrió durante varios días, entonces se preguntó que sería de la vida de aquella persona que su melodía hacía detener el tiempo unos segundos. 

Al levantar la vista, estaba ahí encantando a los pasajeros veloces con su música celestial. El suceso inesperado, hizo detener su marcha y contempló al viejo un poco más detenidamente.

La miró, le regaló una sonrisa angelical y siguió con su tarea. Ella le sonrío y reanudó su marcha dejando las monedas como un ritual. 

Cada vez que lo añoraba, lo volvía a encontrar, sucediéndose inevitablemente que le dejara la moneda.  

Ya con más confianza, se detenía a conversar con él. No le importaba llegar tarde al trabajo y aguantar a su jefe enojado. 

En las charlas había descubierto que en sus años mozos tocaba en una gran orquesta de tango, realizando giras e interminables noches de milonga. También fue un gran profesor, tuvo muchos amigos, una vida holgada y que ahora solamente se contentaba con interpretar su música en los pasillos del subte para que alguien pudiera admirar su talento, al menos de pasada y atrapar aquellas almas interesadas por romper su rutina al menos por un instante. Al darse cuenta de la hora, Martina lo saludó cortésmente y se fue corriendo. Abrió la puerta y la estaba esperando su jefe para darle una triste noticia. 

Le dijo que a fin de mes, no iba a trabajar más ahí, que la trasladaban a un lugar muy lejano. 

A partir de ese día el anciano desapareció de los pasillos del subte, por más que lo recordara no aparecía.

Martina volvió a encerrarse en sus mañanas de apuros, pero para entonces, se dio cuenta de un error, no había dejado sus monedas. 

Como si el viejo controlara el destino de aquellas personas que alguna vez lo hubieran admirado en lo fugaz del paso y cuando dejaban de hacerlo los castigaba de tal manera que por allí no pasaran más.

Seguramente andará atrapando almas errantes, cambiando su música por monedas y castigando aquellos que una vez iniciado el rito, su descuido rompiere el hechizo.

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